| LA
FIESTA DE LOS BANDOS
Mucho
se ha escuchado acerca de las Parrandas de Remedios
y de Bejucal; y desde hace algunos años,
las Romerías de Mayo, de Holguín,
ocupan importantes espacios mediáticos
que nos informan acerca de cuánto ha aportado,
a la identidad e historia cultural de un lado
y al sano esparcimiento del otro; y cuánta
manifestación artística recibe estímulo
y satisfacción durante “las romerías”.
Son
varias las ciudades de nuestro país donde
las fiestas tradicionales, han sido rescatadas
e incorporadas con un pensamiento desarrollador
para la cultura misma. Ellas, como ninguna otra
actividad social, contribuyen al enriquecimiento
espiritual de un pueblo.
Las
fiestas tradicionales con su atractivo múltiple,
nostálgico para algunos, de novedad para
los más jóvenes, de entusiasmo para
la mayoría, son las que mejor cincelan
la obra colectiva de un pueblo.
Para
la mayor parte de las ciudades que rescatan este
patrimonio inmaterial, otra connotación
adquiere las fiestas tradicionales, pues se hacen
coincidir con su aniversario de fundación.
Eso las convierte además en acto de homenaje
y de patriotismo, porque, como dijera Martí:
“Patria es humanidad, es aquella porción
de la humanidad que vemos más de cerca,
y en que nos tocó nacer”.
Es cierto que nuestra ciudad, Pinar del Río,
desde hace años mantiene las Fiestas Populares;
pero, también es una verdad incuestionable
que éstas sólo adquieren una connotación
de festejo y diversión, de esparcimiento
y de una especie de “receso” en la
labor de un año de constante batallar.
Y no critico que ello resulte efectivo o no para
la población, que por cierto está
cada vez menos dividida en sus opiniones sobre
las Fiestas de la Ciudad, pues se hace mayor el
grupo que las impugna.
Lo
que señalo es lo poco enriquecedora de
estas fiestas que en sus mejores momentos sólo
resultan un remedo facilista de la trocha santiaguera
–a mucha distancia de ellas- que ni siquiera
recuerda a nuestras Ferias de San Rosendo, de
la década del cuarenta del siglo pasado,
cuando el Comité Todo por Pinar del Río
rescataba las Verbenas que le antecedieron desde
1903; y mucho menos recuerdan a nuestras Fiestas
de los Bandos, del siglo XIX.
La
Fiesta de los Bandos fue sin duda, la que mayor
arraigo y valor cultural atesoró durante
varios años. Su origen se pierde en esa
bruma de las primeras décadas del siglo
XIX, solamente iluminadas por los textos de Tranquilino
Sandalio de Noda, o de Villaverde o de su contemporáneo,
no menos célebre, José Victoriano
Betancourt, en sus estampas y tradiciones.
El
matancero Félix Manuel Tanco nos deja también
una crónica interesante sobre las lidias
de gallos, que se desarrollan durante la Fiesta
de los Bandos, en 1848. Y la camagüeyana
Gertrudis Gómez de Avellaneda, a finales
de septiembre de 1863, según la tradición
oral, durante su homenaje en el Liceo Lírico
Musical pinareño, poco después de
aquel que recibiera en el habanero Teatro Tacón;
se interesó por los festejos locales y
comentó que le parecían un poco
belicosos no sólo atendiendo al santo guerrero
que como patrón regía las fiestas,
sino que aunque en juegos y paseos, enfrentaba
a criollos y españoles, lo que no era de
su agrado.
Cuatro
años después, Amado Oscar de Céspedes,
hijo del Padre de la Patria y quien contribuyó
a tal epíteto luego de haber sido apresado
al salir de esta jurisdicción, constataría
en el medio teatral pinareño, en el cual
se insertó acompañando la Fiesta
de los Bandos de 1867, ese enfrentamiento; tal
como lo harían los pinareños que
sufrieron la prohibición de la Fiesta,
por parte de las autoridades españolas
desde ese año, debido a la situación
revolucionaria que conllevó la lucha por
la independencia, en estas tierras occidentales.
Sólo
diez años después, en 1877, cuando
todavía quedaban partidas de alzados en
los alrededores de Pinar del Río, (como
muestra evidente de que la Guerra Grande no había
sido sofocada del todo en nuestra zona), resurgieron
tales fiestas, primero asociadas al Santo Patrón
San Rosendo, el primero de marzo, pero luego se
trasladaron como culminación de la Semana
Mayor o Semana Santa y en vez de un día
se extendieron a tres, en el mes de abril.
Y
por supuesto que al reanudarse las mismas, el
representante de la colonia española en
Pinar del Río, el Bando Rojo, sobre todo
a partir de aquella Fiesta de 1878, año
del Pacto del Zanjón, no sería sólo
Rojo aunque siguiera llamándose así,
sería rojo y gualda en sus trajes el día
de la Fiesta, para mostrar los colores de la bandera
española que había derrotado a los
mambises. Y el Bando Azul, llamándose así,
llevaría el blanco además en sus
vestimentas y la escarapela roja o algún
adorno, mostrando los colores de la bandera de
la estrella solitaria.
Oscurecidas
por el impacto de los movimientos sísmicos
que sacudieron a Pinar del Río en 1878,
1879 y 1880, las fiestas no tuvieron el lucimiento
que en 1881 alcanzarían, según conocemos
en las memorias de Enrique Prieto Candás
alcalde pinareño de entonces, o en el genial
texto que rebasa las características de
una simple crónica y por eso su autora
la poetisa Felipa Estrada García, lo inserta
como capítulo de una novela suya que se
edita en Europa; y lo publica además en
folleto independiente.
De
ambos textos me he nutrido, entre otros, con el
objetivo de tipificar en una lo que en varias
Fiestas de los Bandos ocurrió; y de este
modo facilitar a la dirección de cultura
en el territorio un documento que permita desarrollar
el proyecto de rescate de tales Fiestas, como
genuina manifestación de nuestro patrimonio
inmaterial.
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