
RAMILLETE DE CURIOSIDADES PINAREÑAS
Por
Gerardo Ortega Rodríguez
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El
parque de La Independencia, ya centenario,
nos recuerda a “La Mejorana”,
aquel lugar donde en 1895 se reunieron nuestros
tres grandes de la Historia. En él
se unen Maceo, Máximo Gómez
y Martí, esta vez en el nombre de tres
calles. Ellos, como se sabe, no llegaron a
la independencia, ni siquiera Gómez,
que estuvo vivo, izando la bandera, porque
la independencia verdadera llegaría
mucho después. Estas calles, con sus
nombres, sí llegan a ella.
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Si a usted le preguntan de quién es
el caballo blanco de Maceo, en cualquier lugar
de Cuba, puede pensar que se están
burlando, pues en la pregunta ya está
la respuesta; o si le piden que diga cuál
es el color del caballo blanco de Maceo. En
ambos casos, es obvio que el caballo es de
Maceo y que su color es blanco. Pero, en Pinar
del Río, la respuesta es otra... porque
el caballo no es caballo, sino bodega; no
es blanco, pues está pintado de azul
y no es de Maceo, sino de la empresa de Comercio
(aunque, está en una de las esquinas
de la calle Maceo).
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La exigencia por la construcción de
azoteas, sobre todo a partir de 1922 para
los inmuebles de las principales calles de
la Ciudad de Pinar del Río, llevó
a una solución intermedia que consistió
en la construcción de “falsas
azoteas”; es decir, de portal de placa,
solamente, con una baranda (más bien
veranda) remedando balcón. Por circunstancias
que sería extenso explicarlas, hay
en Pinar, en una de sus calles principales,
la más importante, sobre lo que hoy
es Academia de Ajedrez y antes Club Pinareño
Rafael Morales, una azotea con baranda de
metal, la única. Fue trasladada y no
construida para allí, por eso el 1883
que presenta, formado por el propio dibujo
del enverjado, no se corresponde con la fecha
de la construcción de la falsa azotea
ni del inmueble.
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Hay en la ciudad de Pinar del Río una
tinaja, más bien un tinajón
de Camagüey. Sería prolijo el
explicar cómo vino o por qué
se trajo para ser colocado ahí, en
el jardín de lo que es hoy la sede
de la Federación de las Mujeres Cubanas
en nuestra Ciudad; pero, podemos sintetizar
diciendo que el amor que sentía el
esposo por la mujer que en esa casa compartía
su vida y el deseo de aliviar la nostalgia
de su compañera por el terruño
camagüeyano, fueron los elementos que
influyeron para que el tinajón viniera
a estar con nosotros y ya cumpla casi su media
centuria en ese lugar.
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La recurrencia histórica no sólo
se da por coincidencias marcadas ex profeso,
es decir, intencionadamente. A veces, por
olvido de una de las partes, o sea, por no
conocer que ya se había hecho lo que
ahora se hace, ocurren sorprendentes coincidencias.
La “globalización” ha influido
para que algunos establecimientos nuestros
se titulen como en otros lugares y desde hace
mucho así se llaman –incluso,
en Marianao, desde hace mucho uno se llama
así: “Café Raúl”-
pero realmente “cafetería”
es lo usual para nosotros. Es cierto también
que “el Café” trasciende
las posibilidades de “la cafetería”;
pero, de lo que se trata aquí es de
decir que el “Café Pinar”,
no surgió recordando que muy, pero
que muy cerca, hubo una torrefactora del “Café
Pinar”, de Camoira, más bien
de Trueba y Camoira... y tan cerca, que el
olor dulzón que queda en la memoria
de muchos pinareños impediría
disfrutar del lugar, que por cierto, como
zaguán de casa patriarcal tiene historia
mayor y de mucha enjundia.
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Otra recurrencia que quiero compartir con
ustedes es la siguiente: Resulta que la esposa
del Oficial Mambí Alberto Herrera,
cuyo busto estuvo emplazado algún tiempo
en el parque donde hoy está el de pioneros,
estableció “una cocina colectiva”,
es decir, un lugar para dar comida a necesitados,
(a los empobrecidos por las calamidades de
la guerra y a otros pobres pinareños)...
el lugar seleccionado, salvando las enormes
diferencias por supuesto, está muy,
pero que muy cerca, del seleccionado ahora
para el expendio de “cajitas de comida”
que allí se estableció, al fondo
de la actual Casa de Cultura... sin conocerse
este antecedente por los implicados.
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Pinar del Río, además de estas
curiosas recurrencias, tiene en su historia
nombres con una carga de ironía que
hace recordar aspectos de la idiosincrasia
española, el canario menos querido
de los canarios, el escritor Benito Pérez
Galdós, da suficientes muestras de
esa ironía en su obra. Pues bien, Pinar
del Río no tuvo ómnibus hasta
muy entrado el siglo XX y aún entonces
los primeros eran tirados por mulas, no eran
de motor... sin embargo, uno de los primeros
periódicos se llamó así
y era la década del cincuenta del siglo
XIX.
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Otra ironía pinareña en su historia,
relacionada con los nombres, está dada
por su primer taller de impresión capaz
de imprimir con una calidad extraordinaria
tanto el periódico como los volantes
y programas del teatro, las tarjetas, invitaciones
y cuanto material se le solicitara por los
pinareños de entonces. El nombre del
establecimiento gráfico, del taller,
era “El Ferrocarril”, pero este
llegaría más de veinte años
después, en abril de 1894 a esta Ciudad.
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También resulta irónico que
haya comenzado a llamarse popularmente “Yagrumas”,
(la calle que lleva el nombre de un hermano
de Isabel Rubio: Antonio Rubio), después
que fueron cortadas las yagrumas; y que en
muchos pinareños quede la costumbre
de llamarle “la esquina de La Ceiba”,
a la que tuvo ceiba y bodega con ese nombre,
en La Alameda, aunque ellas no estén
desde hace tiempo.
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La ironía más evidente en cuanto
al nombre de las calles es la de “Virtudes”,
la cual fue una especie de “zona de
tolerancia judicial” y en la esquina
de “La Chafarina”; y en todo el
segmento conocido por “La California”
realmente no se practicaban tales “virtudes”.
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Algunos inmuebles pinareños, construidos
inicialmente como viviendas enormes, tienen
trece columnas. Su constructor por encima
del precio ajustado, pedía trece onzas
de oro, porque –según explicaba-
colocaba una bajo cada columna. Eran trece,
porque de este modo hacía una alegoría
a la última cena de Jesús con
sus doce apóstoles. Pero, no vaya usted
a comprobarlo tumbando alguna columna, porque
ya cierto señor desconfiado lo hizo
y no encontró nada. El constructor
se defendió entregando una onza al
propietario descontento y diciéndole:
“Tiene usted razón, amigo mío,
no quise premiar la columna dedicada a Judas
Iscariote, esta moneda es suya y búsquese
otro que le reconstruya su columna, quizá
él si coloque en su base esa onza de
oro, pero yo no me rebajaría a ello,
como no me rebajo a desconfiar de los amigos”.
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Junto con el Parque de La Independencia y
el Palacio de Guasch, el coliseo municipal,
el vetusto teatro Milanés, constituye
un símbolo para nuestra Ciudad. Antes,
desde 1845, en ese mismo lugar, se llamó,
trasladando su sede: “Lope de Vega”
y hasta 1898 mantuvo ese nombre. Milanés
se llama desde hace ya 106 años de
los 159 con que cuenta. De manera que ya con
ese nombre es centenario. Pero, no lo es en
funciones. Varios años ha estado clausurado
por diferentes reparaciones, por ello se ha
“reinaugurado” en 1912, en 1922,
en 1975 y desde hace ya 14 años espera
una nueva “reinauguración”.
De manera que, aunque todavía es mayor
el tiempo en que se ha mantenido prestando
servicios, que el dedicado a sus reparaciones,
es un caso relevante desde el punto de vista
negativo y quizá no deba por ello figurar
entre las curiosidades pinareñas que
incluyo en este “Ramillete”. Pero,
más de una persona me ha solicitado
el score y aquí lo tienen: 77 a 29,
a favor del ejercicio de sus funciones, o
redondeando: 80 X 30, si les resulta mejor.
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Por si acaso, me despido en alta, con esta
curiosidad número 13 (vaya preparando
sus trece monedas): Resulta que por culpa
de un trece del calendario, se retrasó
la ocupación norteamericana de la Ciudad
de Pinar del Río y la recepción
en este teatro Milanés de George Davis,
oficial al frente de esas tropas, a sólo
unos días de la recepción, en
el mismo local, del General Juan Lorente de
la Rosa, al frente de las tropas mambisas
que reemplazaron a las españolas al
finalizar la guerra (ocasión en que
fue rebautizado el teatro con el nombre de
Milanés). Pues bien, desembarcados
en La Coloma, en la noche del 12 de diciembre
de ese año 1898, los yanquis, a las
doce de la noche, estaban cerca de Las Taironas
y George Davis ordenó acampar contra
la voluntad de los suboficiales, que no comprendían
por qué debían sufrir tal incomodidad
estando tan cerca de la Ciudad. Tampoco entendieron
por qué todo el día trece se
mantuvieron en ese lugar y sólo el
14 de diciembre hicieron entrada en Pinar
del Río... el día anterior era
martes trece y eso no lo había olvidado
el supersticioso George Davis.
Y, hasta el próximo “ramillete”.
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