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VILLAVERDE
EN VUELTABAJO
AUTORES:
Lic. Pedro Luis Hernández Pérez
Lic. Jorge Freddy Ramírez Pérez
(EL
PRESENTE TRABAJO ME FUE ENVIADO COMO COLABORACIÓN
PARA MI SITIO Y FUE ACEPTADO DE INMEDIATO PARA
QUE FIGURARA EN EL APARTADO DE LAS FIGURAS PINAREÑAS
JUNTO AL TRABAJO MENOS AMBICIOSO QUE YO HABÍA
COLOCADO SOBRE ESTE HIJO EMÉRITO DE VUELTABAJO,
ES PARA MÍ UN HONOR CONTAR CON LA PARTICIPACIÓN
DE TAN PRESTIGIOSOS INVESTIGADORES EN MI SITIO)
Gerardortega
"Un
día de 1838 un joven de 26 años
regresaba a caballo a su pueblo natal, proveniente
de la fastuosa Habana; estaba sumido en sus pensamientos
con la idea de volver a ver la tierra de sus orígenes
y por supuesto recordar, que es igual que volver
a vivir; de pronto a sus pies desde la colina
que se encontraba se mezcla un sentimiento de
alegría con la nostalgia de los recuerdos
y observó el poblado de su infancia, ¡ya
estaba en casa!. Días después escribió:
(...)
es comparable sino con un banco de carpintería
que tuviese seis patas; que son los estribos que
nacen de la colina chata, larga y estrecha sobre
que está situada la población (...)
(...)
Los vecinos que consiguieron situar su casa sobre
un estribo del terreno, no se han visto en la
forzosa necesidad de hacerla de alto por detrás
y baja por el frente, como aconteció a
los que no tuvieron aquella dicha (...)
(...)
La iglesia, que es muy capaz, alta de puntal,
tifa y campanario, todo en una nave, está
situada sobre la mano izquierda, al fondo de la
plaza, destinada a efecto; pero con toda la eficacia
que ha puesto los feligreses en allanar el terreno,
todavía la calle real se levanta como tres
varas sobre el nivel del pavimento (...)
Sin
embargo, no se puede negar que es muy bella, muy
pintoresca la perspectiva, el risueño paisaje
que ofrece la población, cuando se le contempla
desde cualquier collado de su alrededor; peregrina
mezcla de casas de guano y tejas de mampostería
y yaguas, casi todas franqueadas de sus graciosos
colgadizos (...) (1)
Este
es el San Diego de Núñez del siglo
XIX (prácticamente a la entrada de la Vueltabajo
por el norte) y el joven nació un 28 de
Octubre de 1812 en este mismo lugar su nombre
Cirilo Villaverde.
El
autor de “Cecilia Valdés”,
dedicó diez años de su vida a exponer
todo su talento y sensibilidad en letra impresa
dándonos a conocer una Cuba diferente,
la Cuba con sus hombres y mujeres, con sus riquezas
y pobrezas una Cuba no española sino muy
cubana, con esa mezcla maravillosa de razas o
ajiaco al que Don Fernando Ortiz denominó
transculturación y el habla popular denomina
¡Cubano de Pura Cepa!.
Durante
este tiempo escribió un total de 28 obras
literarias reconocidas en forma de libros, más
como si eso fuera poco, un gran total de 107 artículos
de prensas y en revistas. Tanta laboriosidad quedó
interrumpida el 20 de Octubre de 1848, cuando
es abortada la conspiración “La Mina
de la Rosa Cubana” en la que estaba involucrado,
ya que la revolución cubana era su sentimiento
más profundo como expresión concreta
y legítima del nuevo pensamiento de ese
cubano que comenzaba a pensar como tal. Por sus
ideas es sentenciado a garrote vil y luego conmutada
esta pena por diez años de prisión;
de la que escapa espectacularmente entre el 31
de Marzo y el 4 de Abril de 1849; obligado a huir
del país se refugia en la ciudad de Nueva
York, exilio que duró el resto de su vida,
interrumpido la primera vez, nueve años
después, cuando se acoge a una amnistía
ofrecida por el gobierno colonial para tratar
de lavar su imagen ante el país; y regresa
a la Habana a donde llega en 1858; pero el ambiente
en la isla esta enrarecido y encuentra hostilidad
a su persona producto de sus ideas separatistas
y luego de intentar establecerse en la isla donde
incluso adquiere la imprenta “La Antilla”,
y edita la revista “La Habana” se
ve obligado a cerrar la misma en 1860 y marchar
nuevamente al exilio, radicándose de nuevo
en Nueva York, donde se entrega por completo a
la revolución cubana, cuestión esta
que había hecho en su primer exilio cuando
fue el secretario personal de Narciso López.
Esta vez al lado de la revolución de Carlos
Manuel de Céspedes con quien establece
correspondencia en 1869, dando su opinión
de cómo se veía la revolución
cubana desde esa ciudad. Finalmente luego de concluida
la contienda bélica logra visitar la isla
en 1888 pero sólo por dos semanas.
Su
estancia en Estados Unidos lo llevó al
periodismo y al magisterio con lo que se ganaba
la vida, pero sus artículos de esta etapa
fueron pocos y más bien de corte político
y patrióticos, no obstante es en el exilio
donde termina su obra cumbre: “Cecilia Valdez
o La Loma del Ángel”, la cual publica
en su versión final en 1879, novela que
había comenzado a escribir cuarenta años
antes.
La
literatura Villaverdiana del período (1837-1847)
es un fiel reflejo del siglo XIX cubano, y dentro
de nuestro territorio nacional principalmente
las tres provincias en las que vivió Pinar
del Río, La Habana, y Matanzas, aunque
la primera es su favorita dentro de su obra.
Fue
un analista y descriptor al nivel de los detalles
más precisos, superando a muchos escritores
de su época, él conocía el
desconocimiento que reinaba en el país,
donde los habitantes apenas conocían el
estrecho marco que les rodeaba, la dificultad
de los caminos, la falta de movilidad por no existir
un transporte que no fuera el caballo o el coche
de tracción animal, el incipiente desarrollo
del ferrocarril que daba sus primeros pasos en
ese momento, lo peligroso de adentrarse por veredas
desconocida por la existencia de todo tipo de
truhanes, el analfabetismo reinante en la nación
y la ausencia de una imprenta desarrollada eran
algunos de los males que aquejaba aquella sociedad
desconocedora de su país, de ahí
que Villaverde es uno de los puntales de la literatura
realista o costumbrista junto a otros muchos Exponentes
de esta corriente como: Gertrudis Gómez
de Avellaneda, Nicolás Heredia, Gaspar
Betancourt Cisneros entre otros, con obras como:
Sab, Leonela y Escenas Cotidianas.
“Cecilia
Valdés” sola hubiera servido para
consagrarlo para la posteridad, no obstante, tuvo
el talento de escribir trabajos como: “La
Peña Blanca” (1837), “Excursión
a Vuelta Abajo” (Primera Parte) 1838 y (Segunda
Parte) en 1842, “El Guajiro” (1842),
“Viaje a Mariel y a Cabañas”
(1842), “San Diego de Núñez”
(1842), “Beneficio para los Desgraciados
de Vuelta Abajo” (1842), “Una Pascua
en San Marcos” (1845), “Compendio
Geográfico de la Isla de Cuba” (1845)...
entre muchas otras, que tratan el tema de la Vuelta
Abajo como él lo denomina.
Él
tuvo la visión de describir desde el paisaje
humano, pasando por el paisaje psicológico
hasta el paisaje natural exponiendo la vida de
la Sacarocracia Cubana y la Burguesía Cafetalera
y Ganadera, analiza algunos estereotipos de la
clase media y muy especialmente escribe sobre
las capas desposeídas; evalúa a
cada ser en su medio y en su radio de acción,
lo describe con sus alegrías y sus pesares,
sus gustos, como viste, como habla, su comportamiento
ante la sociedad, su filosofía, su proyección;
Hace una radiografía tal de la sociedad
que logra diferenciar al Guajiro en cada uno de
sus oficios como: Hatero, Sitiero, Montero, Arriero;
describe al Negro en su funcionalidad social como:
Liberto, Doméstico, Esclavo, Guardiero,
Boyero y Cimarrón, definen a otros componentes
de la sociedad tales como: El Administrador, El
Mayoral, El Mayordomo, El Gallero, El Maestro
de Azúcar, El Bandolero de Caminos y/o
Filibusteros y el más tétrico de
todos El Rancheador; se admira ante la mujer del
hatero y se encoleriza ante las tropelías
del hijo del guajiro que lo engaña para
cuidar sus tesoros.
Esta
es la sociedad en que la Vueltabajo se encontraba,
en la disyuntiva de producir la tierra, hacer
azúcar, recolectar café, criar ganado
vacuno y/o porcino, vivir de un comercio incierto
legal y/o de contrabando y además enfrentarse
o perecer ante los asaltadores de caminos, los
bandoleros de las costas, los robos de los cimarrones
y los abusos de los poderosos o de los más
fuertes, es decir la ley de la jungla, era lo
que imperaba en los campos cubanos de ese entonces...
En
el paisaje arquitectónico es un esmerado
narrador de cómo se encuentran los caminos,
las viviendas, las bodegas, las tabernas, los
almacenes, especial énfasis pone al describir
la “casa de dios”, por doquier que
pasa la señala sea un santuario, una ermita
o una iglesia, también habla de los camposantos.
Como
una fotografía en el tiempo refleja como
son los pueblos del oriente pinareño y
los compara entre sí tales son: “Quiebra
Hacha”, “Mariel”, “Cabañas”,
“Bahía Honda”, “Las Pozas”,
San Diego de los Baños”, “Los
Palacios”, “Santa Cruz de los Pinos”
y “Candelaria” y por supuesto al pueblo
que más ama, su pueblo natal, que lo llena
de alabanzas y reconocimiento, “San Diego
de Núñez”.
Durante
este peregrinar constante por las tierras del
poniente, se detiene en los cafetales y en los
ingenios, donde expone con visión histórica
la duración en el tiempo, detalla los elementos
que componen estas fincas y fábricas: las
Casas de Viviendas de los dueños, los Tendales,
los Almacenes, los Barracones, el Batey, la Casa
de Calderas, la Casa de Maternidad, la Casa de
Molienda, la Casa de Purga, y sus Cementerios.
Pero
no hay nada como leer su obra cuando escribe sobre
el paisaje natural, es capaz de lograr que el
lector perciba los olores, admire, sienta, se
sorprenda con tanta prodigiosa naturaleza; trasmite
su amor a la tierra de su origen, refleja las
aristas más increíbles y los rincones
más ocultos de su geografía, el
azul del mar, el verde de su vegetación,
el carmelita y el rojo de la tierra, todos los
matices, también refleja el negro y el
ocre de la pobreza de los campos y en este sin
fin de policromías pinta con sus palabras
igual que el pintor más consumado lugares
como: “La Mina de Betancourt”, el
paisaje de las “Bahías del Mariel
y Cabañas”, “Los Bosques de
Las Pozas”, “La Sierra del Rubí”,
las alturas que colindan a “San Diego de
Núñez” como “San Blas”,
la “Loma de la Cabaña” y “La
Peña Blanca”, y con quien más
se estimula es con el “Pan de Guajaibón”.
Realmente
se extasió en la mayor altura del occidente,
lo describe desde Cabañas, desde el Mariel,
desde Bahía Honda, desde el mar, desde
Las Pozas, y cuando lo tiene frente a él,
no le aparta sus ajos maravillados de tanta majestuosidad,
lo toca y su descripción de las peripecias
de sus pocos escaladores contiene una mezcla de
amor, ternura, respeto y hasta algo de miedo hacia
ese coloso.
A
las cuevas le dedica una acuarela de emocionadas
palabras y adjetivos las compara con salones góticos,
y tronos de monarcas, es valeroso, pues, en esa
época como hemos descrito el negro cimarrón
podría estar al acecho en cualquiera de
ellas; en “La Cueva de Vargas” va
en punta de la comitiva como un Colón de
la espeleología y es quién obliga
a sus compañeros a seguirle, aunque ya
dentro de aquel antro, perciba la posible presencia
del negro en acecho; en su visita a “La
Cueva de los Portales” no encuentra palabras
para describir tal belleza natural y sencillamente
prefiere guardar silencio ante tanto deslumbre.
Existe
algo que no escapa a su buen hacer y es exponernos
los seres vivos que habitan tanta naturaleza,
los animadores de los bosques, sus árboles,
arbustos, plantas aromáticas y urticantes,
sus bejucos, sus flores, en el campo animal no
desestima ningún grupo animal, habla de
los insectos, los reptiles, los mamíferos,
los coleópteros, entre otros. Poéticamente
nos endulza los oídos con el canto del
ruiseñor, y se le alegra el alma cuando
está triste, por el cansancio y la fatiga
del viaje, él considera que en el único
lugar donde de verdad se puede oír el verdadero
canto melodioso de ave de los reyes es en el Pan
de Guajaibón.
Nos
sorprende cuando se horroriza y denuncia con gran
preocupación los males que el hombre le
hace a la naturaleza, le entristece la tala y
la quema de nuestros bosques, se siente mal de
ánimo cuando observa la desolación
que genera los campos arrasados por la industria
azucarera, se preocupa por el mal uso que se le
da a la tierra en las montañas para el
cultivo del café, al igual que admira desde
la puerta de Vuelta Abajo (a la salida de Guanajay,
según su criterio) el mar verde de los
campos de cañas, coronados en lo más
lejano por los ingenios y la Cordillera de Guaniguanico,
también nos hace sufrir el fuerte sol que
quema su piel y sus acompañantes, ya que
los caminos y guardarrayas de esos cañaverales
están deforestados sin ningún tipo
de sombras.
Finalmente
logra que el lector mezcle todo tipo de sentimientos
humanos, al describir la sicología de los
paisajes, el olor, el sabor, la alegría,
la rabia, el horror, el miedo y la lujuria son
algunos de los sentimientos entremezclados que
como todo un buen sicoanalista nos hace vivir.
Es
sin duda Cirilo Villaverde una fuente del conocimiento
del cual han de beber geógrafos, biólogos,
botánicos, geólogos, sicólogos,
sociólogos y todos aquellos que deseen
conocer el pasado de nuestra historia.
No
por gusto luego de su muerte acaecida el 20 de
octubre de 1894, faltándole apenas 8 días
para cumplir los 83 años, nuestro José
Martí expuso con gran pesar en el periódico
“Patria” de Nueva Yort el día
30 de Octubre del propio año:
“De
su vida larga y tenaz de patriota entero y escritor
útil, ha entrado en la muerte que pasa
él ha de ser el premio merecido, al anciano
que dio a Cuba su sangre, nunca arrepentida y
una inolvidable novela (...) (2)
(1)-
Cirilo Villaverde. Excursión a Vuelta Abajo:
25
(2)- José Martí. Obras Completas.
T.5 :241-243.
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