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ACUÉRDESE DE ROBREÑO CUANDO VISITE EL TEATRO MILANÉS.
Ahora, cuando visite el teatro Milanés, no encontrará nada de lo que fue en sus inicios -ni siquiera ese fue su nombre- el espacio que ocupa, incluso, no fue el suyo, comenzó a serlo en 1845, ya que tenía antecedentes unas cuadras arriba, donde lo visita en 1832 Toribio de Zancajo...
En todo caso encontrará eso: su esencia, la de ser teatro… Surgió con el nombre atrevido, pomposo, hiperbólico de Lope de Vega (a pesar de no tener techo aún) y, haciendo bueno el epíteto dado al dramaturgo español que lo nombraba: “el Fénix de los Ingenios”, renació de las cenizas de su enclave anterior, para venir a esta, que sería esquina apartada de la calle Mayor, (iluminada con lámpara de carburo a la sazón); allí se edificaría por primera vez con madera y techo (de tejas) y estaría mejor acondicionado interiormente. En este espacio que usted visita ahora, renacería gracias al terreno cedido por el Teniente Gobernador de entonces, quien ordenó además los trámites de mejoramiento constructivo a Viñas y Gener.
Cuando usted visite el Milanés, ese espacio interior, que no es el mismo, usted lo hará, como lo hizo José Robreño muchas veces antes del año 1879, cuando regresó de España, para morir en la que llamó “su tierra amada de Pinar del Río”.
Don Pepe Robreño había nacido antes que el teatro mismo naciera en Pinar del Río; algunos de sus biógrafos señalan, que su lugar de nacimiento fue en la Villa de Trinidad, adonde fueron a parar algunos familiares suyos, integrantes de una compañía de cómicos que se contaron entre “los náufragos de la playa de Casilda” donde quedaron los restos de la embarcación que los trasladaba en dirección a Jamaica en 1840, pero lo cierto es que se confunde esa historia con la de su hijo de igual nombre y para entonces ya Don José había nacido y trascendía la adolescencia a esa altura, cuando al igual que su padre y hermano, formaba parte, de una tropa de cómicos, -independiente de aquella-, y había quedado en el Pinar del Río de entonces; e irrumpiría en el ámbito teatral capitalino un año después en 1841 –por lo que resulta fallida la hipótesis de su nacimiento en Trinidad-. Allí sí vivió sin embargo, su hijo y al menos dos miembros más de su familia. Las hijas de Francisco y Amalia Armenta, nacieron allí. Una de ellas, la famosa Adela Robreño, llegó a considerarse, “después de Covarrubias… la entidad más notable que Cuba ha producido en el ramo teatral” según escribe en 1867 el italiano Francisco Calcagno.
Pero, volviendo a Pepe Robreño, es lícito decir que desde niño, fue su vida el teatro. Siguiendo los pasos de sus padres y hermano mayor se integró a la tropa de cómicos que realizó giras por cuanto poblado de la época pudo y en una de sus actuaciones estuvo en aquel primer emplazamiento del teatro pinareño, a un costado del actual hotel Vueltabajo; y antes de la inauguración de este espacio que usted encuentra cuando visita hoy El Milanés, porque ya en 1845, era Don Pepe una figura conocida en el mundo teatral.
En 1841 había debutado en el Teatro Tacón de La Habana como autor de obra propia, una comedia titulada “La Carcajada” y poco después, llevaría al escenario del Teatro Diorama, su estreno de “Pata de Cabra”; también en el teatro Tacón llevó a escena su drama “La Duquesa de Marsán” y solicitado por el Teatro Villanueva, debido al éxito obtenido por esas obras suyas, estrenó allí otro drama suyo titulado “Don Fernando”.
Su vínculo con Pinar del Río, a quien declaró como tierra propia y amada y donde dejó viuda y prole, estuvo dada por haberse casado en segundas nupcias en este lugar con Carmen Planas, según consta en documento de archivo parroquial consultado por mí; también allí pude constatar que había nacido en 1818, en Villanueva de Geltrú, provincia de Barcelona, España y que repetía el nombre de su padre José, como su abuelo Francisco de origen francés, era recordado de igual modo por su hermano, y el hijo de aquel, también dedicado al teatro: Francisco Robreño, quien casó con Carlota Amalia Armenta, padres de la famosa Adela Robreño y abuelos de Gustavo Robreño, todos ellos vinculados de una manera u otra con nuestra Ciudad, sobre todo este último quien nació aquí.
Luego de aquella primera jornada exitosa en la capital de la Isla, volvió a Pinar del Río Don Pepe, cargado de la gloria y la fama que ya no le abandonarían jamás, estuvo presente en la inauguración del Lope de Vega en 1845 y repuso sus obras acá, además de incursionar en lo que luego sería la aclimatación a la Isla de aquel género menor de entonces -que se iba imponiendo a la ópera importada de Italia y se unía al gracejo español en esas variedades que formarían parte sustancial del mundo dramático en Cuba, como ya lo era en la Metrópoli-, es así como introduce la Zarzuela en nuestro país y para ello hace venir de Madrid algunas figuras ya establecidas, pero no sin antes ensayar el género y presentarlo en su patio y llevar su primera zarzuela al Teatro Villanueva, donde en 1852 presentó la conocida obra española de este género titulada: “El Duende”, antes de presentar la suya propia “El Delirio Paternal”… y precisamente fue el éxito alcanzado por esa pieza el que lo llevó a nutrirse de las figuras madrileñas que trajo a partir de 1853: Matilde Diez y Catalina Arjona, primero; y luego Ricardo Valero, quien ganaría tanto afecto y admiración en esta tierra que haría suya para su familia, ya que su hijo de igual nombre, andando el tiempo conformará una compañía de teatro de cierta connotación en la Isla, con la que el 11 de enero de 1877 hace su debut en este teatro Lope de Vega la compañía de Ricardo Valero (hijo), con las obras “Batalla de Damas”, de Agustín Eugenio Scribe; y “No matéis al alcalde”, de Zamora y Caballeros y estrenan la obra inmortal de Manuel Tamayo Bans titulada “Locura de amor”, la cual, según un cronista de la época le proporcionó a Francisca Muñoz de Torrecilla –figura principal de su elenco-, grandes lauros ese día. Ricardo Valero (hijo) era abuelo de la popular actriz de nuestra radio María Valero, “muerta trágicamente en 1950, atropellada por un auto en plena avenida del Puerto en Ciudad de La Habana”, como nos cuenta Delgado Villa.
Con estas y otras notabilidades de la escena, José Robreño fundó el Teatro de Variedades en Ciudad de La Habana en 1853. A partir de ese momento se convirtió en centro coordinador de los más grandes espectáculos teatrales de la Isla y de ésta con la metrópoli a la cual viajaría sistemáticamente, sin dejar de mantener su vínculo con Pinar del Río, donde tendría su residencia permanente y pasaría largas temporadas preparando un libro sobre la Historia del Teatro Cubano, aquí celebraría nupcias con Carmen Planas como ya he dicho, aquí nacerían sus hijos, y los hijos de su hermano Joaquín, uno de ellos Gustavo, el 18 de diciembre de
1873, con él viajaría a España donde quedaría estudiando hasta la edad de catorce años y sería Gustavo quien le daría continuidad a la obra y quehacer artístico de José, convirtiéndose a su vez en importante figura de la literatura y el teatro.
Y aquí, a su Pinar del Río, vendría a morir José Robreño, el 18 de octubre de 1879. Dejaría trunca su Historia del Teatro Cubano, que lamentablemente su hijo no quiso continuar o más bien fue aplazando durante toda la vida, hasta que lo sorprendió la muerte sin haber concluido la misma.
La significación de José Robreño para la historia del teatro cubano es sumamente valiosa, aunque sólo se conserva algo más que una decena de obras suyas y no se ha salvado del olvido su obra historiográfica, pero el “haber introducido la Zarzuela en Cuba” y “ser el creador y fundador del Teatro de Variedades” como reiteraba su descendiente Eduardo Robreño a menudo, sin contar su impronta decisiva en los espectáculos del teatro bufo cubano (en los que participó como director de muchísimas obras menores suyas que no quedaron para la posteridad), lo mantienen como figura imprescindible para el verdadero conocimiento de la literatura dramática, del teatro lírico y del mundo del espectáculo en nuestro país.
La crítica especializada sin embargo, desde el propio siglo XIX, por su sesgo discriminatorio hacia aquel arte de raigambre más popular debido a las figuras señeras de esos críticos que la practicaban y los espacios en que trascendía la misma, no vio en toda su magnitud e importancia la figura de José Robreño y dedicó más espacio y tiempo a elogiar la actuación y desempeño de otros miembros de su familia, entre los cuales se encontraba su sobrina Adela Robreño, la cual en 1867 se encontraba en el pináculo de su carrera y tenía sólo 27 años de edad, siendo muy bien acogida en los escenarios por sus dotes histriónicas, su gracia y talento natural, prendas que acompañaron a su distinción y belleza como mujer.
Esa joven llegó incluso a eclipsar al gran José Lacoste, actor cubano, nacido en La Habana, cuya reputación universal fue consolidada al desempeñarse durante algunos años como actor trágico del teatro imperial de París y que sólo cedía la máxima consideración del arte teatral cubano a su fundador Francisco Covarrubias, a quien Ventura Ferrer primero y Bachiller y Morales después lo definieron como la máxima expresión del teatro cubano.
Adela primero y Gustavo después eclipsaron el reconocimiento a Don José Robreño, debido a la exitosa carrera desempeñada por ellos en el ramo teatral. La primera, -sobre la cual no me extenderé en el presente artículo, por no relacionarse directamente con la historia cultural del terruño, como su tío (aunque estará en la Ciudad el 19 de marzo de 1873 y asistirá como madrina al bautizo de Gustavo) hizo su primera presentación a los cinco años de edad en el teatro de Puerto Príncipe, Camagüey, bailando La Gracoviana y la Smolenska y causó furor entre los asistentes que la aclamaron de tal forma que sus padres la presentaron en Trinidad, Santiago de Cuba y Matanzas, entre otras poblaciones de la Isla, pero entonces sólo actuaba como bailarina en entreactos “para amenizar”, hasta que desempeñó su primer papel en la obra dramática “Francisca” en 1847, con unos seis años de edad todavía y poco después actuaría en el rol de Anita en la comedia de Bretón de los Herreros titulada “No más muchachos”. Para ella se escribió el drama “Elisa” que interpretó con tanto talento y gracia personal que la llevó a la popularidad más notoria a esta artista niña aún, con nueve años de
edad, que admirada por Covarrubias quien asistía al teatro para verla, le dedicó unas décimas que se publicaron y distribuyeron por toda Cuba… su retrato en carteles propagandísticos y la calidad de su arte garantizaban el lleno que hasta ese entonces sólo el decano Covarrubias lograba en la década del cincuenta…en ello influyó, aunque lamentablemente para nosotros, no suele decirse, la mano de su tío Don José Robreño, pues entre los encargos que solicitó a la afamada actriz española que trae a la Isla en 1853, Margarita Diez, se encuentra el de atender y asesorar a su sobrina Adela, también se la encarga cuando regresa, exitosa de Méjico, en 1857, a su amigo Ricardo Valero, otra de las notabilidades que había traído de Madrid, para que la sume a la compañía de teatro que éste estaba conformando y que se hizo célebre a partir de sus actuaciones en este teatro Lope de Vega de Pinar del Río que habría de convertirse treinta años después en el Milanés de hoy al trasmutar su nombre al final de la guerra con la metrópoli…pero Don Pepe, no estaría ya entre nosotros.
Sería otro Robreño, Gustavo, quien estaría de manera fugaz en este escenario, todavía niño, con catorce años, en 1888, formando parte de la Compañía Infantil, del Maestro Soret, lo haría ya cuando este teatro, reconstruido por su nuevo dueño, el Licenciado Félix del Pino Díaz, presentaba otro aspecto más cercano al que usted aprecia ahora, pues se reedifica con paredes de mampostería y presenta ya una estructura bastante similar con un amplio portal con medios puntos de ladrillos que descansaban sobre postes de madera entonces y tenía cielo raso y entresuelo de bajo puntal donde vivían los empleados fijos. A este inmueble se accedía por tres puertas, “…la del centro conduce al personal que asiste a la platea, proscenio y a los palcos, tiene una antesala pequeña o sala de espera (actualmente el vestíbulo) con cortinas que se corren cuando se están celebrando los actos y las funciones”. Gustavo antes estuvo viviendo y estudiando en España a donde había viajado con su familia; y allí regresa luego y no vuelve hasta después de concluida la guerra con la Metrópoli, y lo hace como parte de la Compañía Cubana de Marín Varona que participa en la temporada con la que se festejó el advenimiento de la República en 1902, teniendo como sede el Teatro Martí (llamado así por primera vez en ese año antes que se convirtiera en Teatro Irijoa primero y La Alambra después, para retomar el de Teatro Martí que hoy mantiene).
Gustavo Robreño Puentes es el autor de la novela costumbrista “La acera del Louvre” y de un libro de breves narraciones de corte humorístico titulado “Historia de Cuba”, además publicó una antología de sus folletines históricos y burlescos acerca del devenir de la humanidad, bajo el título de “Del caos a la fecha” y un texto sumamente interesante sobre el teatro vernáculo cubano titulado “Cuba a través de La Alambra”…entre otros libros. Pero su fama mayor vino de la mano de las piezas que para el teatro escribió: “Pachencho capitalista”, “El Ciclón” y “La Flor de Mantua” le abrieron las puertas al éxito indiscutible y se consideró inigualable a partir de estas obras y las de “Toros y Gallos”, “La madre de los tomates” y “Entre cubanos”, las cuales lo consolidaron en el puesto más preeminente de la popularidad y garantizaron su éxito rotundo en el mundo del espectáculo… su obra completa se aproxima a los doscientos títulos y lo convierte por ello en el pinareño más prolífico de la literatura cubana en ese sentido, además de haberse conceptuado para mediados del siglo XX como el autor popular cubano por excelencia, tal y como se refleja en su ficha biográfica de Cuba en la Mano.
Salvo lo anotado aquí, no he encontrado aún otros vínculos de Gustavo con este coliseo, aunque seguramente la prensa de la época de una manera u otra debe haber revelado en su oportunidad su presencia en la Ciudad, Aldo Martínez Malo, cronista del teatro y periodista de temas culturales tampoco indica algo al respecto…, pero en la propia obra de Gustavo; sin embargo, hay varias alusiones al terruño y ello, más lo expuesto acá, me impulsa a reiterar –con pequeño cambio- lo que se lee como título de este artículo: ACUÉRDESE DE LOS ROBREÑO CUANDO VISITE EL TEATRO MILANÉS.
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