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FERNANDO PORTILLA GOMIS

Pepe Portilla, como era conocido por todos desde pequeño, había nacido el 10 de abril de 1912 en esta ciudad. Su padre, Daniel Portilla Bengochea, fue Vice Cónsul de España en Pinar del Río y trabajó en la sociedad de Instrucción y Recreo de la Colonia Española por varios años; ello seguramente incidió en que Fernando hiciera su vida laboral en el Sanatorio de esta Institución, el cual se convirtió andando el tiempo en el Hospital Pediátrico que hoy lleva su nombre como justo homenaje a su labor de tantos años en ese lugar y a su condición de mártir de la Revolución Cubana.

Su madre, Leonor Gomis Albóniga, también de origen español, era hija de Don Eduardo Gomis Comelles, vicecónsul que había cedido tal representación a su yerno en esta ciudad; era una mujer de cultura relevante que se desempeñó como maestra de escuela, lo guió en sus lecturas y le transmitió no pocas enseñanzas conductuales desde pequeño enriqueciéndolo espiritualmente.

Al cursar sus estudios primarios fue alumno de educadores destacados de la talla de Lucrecia García Rivera, Don Julio Iglesias y Leopoldo Febles entre otros, los que también influyeron en la forja de un ciudadano íntegro desde la infancia.

De tal familia y educación resulta comprensible su comportamiento caballeroso y solícito hacia todos los que necesitados de él, asistían al sanatorio de la Colonia Española o lo frecuentaban en su casa, o se asociaban para emprender alguna actividad en la vida, sus amigos más cercanos se incorporaron como él a la Logia Occidente 44 de la Orden Caballero de la Luz de la cual fue fundador.

Por ello quizá sorprendiera a las autoridades de entonces, que el joven Fernando Portilla comenzara a reunirse con los "elementos revoltosos del Instituto", se incorporara a la vida política sumándose a la Triple A como anarquista (más tarde se apartará de esta y se unirá a las fuerzas de la OA relacionándose con Menelao Mora Morales) y que estuviera presente en huelgas de la Izquierda Revolucionaria Estudiantil y del Directorio.

No vacilaría Fernando, en interrumpir sus estudios durante la tiranía de Machado y se incorporó al trabajo sin graduarse de Bachiller por ese motivo. Así comienza su vida laboral en el Sanatorio de la Colonia Española, donde por sus conocimientos de autodidacta y el celo profesional en cada tarea, lo llevan a desempeñar en esa institución distintos cargos oficinescos y de archivos hasta el día de su asesinato.

Desde entonces, desde la salida del Instituto, se iniciaría en las luchas revolucionarias que abarcarían ya toda su existencia.

En 1935, cuando la huelga revolucionaria de marzo, trabajó activamente en su organización junto al Directorio Revolucionario Estudiantil, con el doctor Aurelio Carasa Laviña.

En 1946 se casaría Pepe, con la señorita Libia Santos Cofiño, nonagenaria hoy cuando redacto estas líneas, la cual le daría dos hijas: Yolanda y Libia.

Si de su padre Fernando recibió el prestigio y la caballerosidad, y de su madre obtuvo la guía espiritual y la educación de un carácter que lo hacía ser aceptado por sus cualidades, generando la admiración y cariño de cuantos lo conocieron... el talento y el carisma que lo caracterizaron fue su aporte natural. Y la rebeldía el enfrentamiento a las injusticias y maltratos y la lucha denodada contra la tiranía, serían características propias que lo harían diferente incluso de los demás miembros de su familia... ello quedó evidenciado por la forma en que se rebeló contra el Golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 y por la forma en que se incorporó desde ese mismo instante a la lucha contra el régimen despótico de Fulgencio Batista Zaldívar, los próximos seis años serían de constante acción y cada actividad de la Resistencia Cívica primero y del Directorio y el 26 de julio, recibieron su colaboración, entre ellas las del trasiego de armas junto a Menelao Mora desde el puerto de La Coloma. Coopera con todo lo que signifique la lucha contra la tiranía y ni un momento se detiene a pensar en que ello podría costarle la vida.

El 26 de diciembre de 1958 se produjo su detención y muerte. Sus verdugos no repararon en castigarlo sin piedad, las torturas fueron atroces, esperaban de Pepe Portilla revelaciones de suma importancia acerca de las células revolucionarias que frecuentaba y los nombres de muchos otros pinareños revolucionarios con los cuales se relacionaba, trataban de arrancarle cualquier confesión, (conozco al menos uno que le debe la vida a su silencio y fueron varios)... pero, no pudieron doblegarlo, su hombría y su convicción de revolucionario se levantó por encima de sus verdugos y murió sin decir una sola palabra.

Por su vida noble y buena, dedicada a la mejor de las causas, ocupa un lugar destacado en la memoria de su pueblo.

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