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ESTABA CAPACITADO PARA HABLAR

“Baragaño era un conversador    atrayente. Había leído, había pensado, había viajado, había vivido, había sufrido: estaba capacitado para hablar”.
                                                                                 
          Manuel Díaz Martínez

BaragañoEl más grande poeta pinareño estaba capacitado para hablar, pero ha sido el menos escuchado por sus contemporáneos y seguidores. Quienes lo intimaron o simplemente leyeron, pensaron, viajaron, vivieron, y sufrieron a su lado…sin excepción alguna, lo recuerdan desde el primer desencuentro o “encontronazo” con él; y solo apreciaron inicialmente su aspecto físico, exterior, su rostro grave, de frente “de judío ensimismado y profundo” y  “de turco espléndido”, visto de perfil…o abundaron en criticas a “su carácter insoportable” donde la burla, medianamente irónica, daba en el blanco las más de las veces y provocaba cualquier reacción, menos aquella que conocemos por simpatía.

Judío ensimismado y profundo

Aquellos que nos hablan de Baragaño, describen esa órbita que va desde el difícil acceso a su personalidad, hasta la devoción misma y el respeto por su obra. La mayor parte  de ellos no pasa sin embargo de esa primera impresión y queda apresada por el plano anecdótico o encuentra algún subterfugio para solamente referirse a su poesía de manera tangencial. Muy pocos hablan de su obra de reflexión y aunque no obvian –de manera general- su libro sobre el pintor Wifredo Lam, dejan fuera de todo comentario sus trabajos críticos acerca de las artes visuales, su labor promocional del llamado “Grupo de los Once” o su obra propia como artista de la plástica… tampoco es realzada su estatura de periodista cultural y la redacción de sus notas y crónicas para “Lunes de Revolución”; y sus conferencias en diversas instituciones (dentro y fuera del país) las cuales son punto menos que desconocidas. 

No son estas aristas, sin embargo, las únicas que quedan casi vírgenes en la trayectoria vital de apenas treinta años (no llego a cumplirlos)… me gustaría agregar que su decidida y decisiva toma de conciencia del entorno social y su incorporación total a la Revolución Cubana, junto a Rolando Escardó, Fayad Jamís y Roberto Fernández Retamar, para solo citar tres ejemplos de su propia generación, marcó de manera indeleble esa línea de conducta mantenida (y sostenida) por buena parte de los escritores y artistas que nos anteceden, desde las filas de la UNEAC, institución de la cual fue cofundador e importante directivo junto a Guillén y Retamar.

Yo no lo conocí personalmente, aunque bien pude hacerlo si no hubiera muerto en agosto de 1962, porque seguramente habría estado presente en el primer festival de aficionados de
la cultura desarrollado poco después, ese año, en el teatro Chaplin, (después Carlos Marx), en el cual yo me inicie en actividades artísticas…o quizá pudimos tropezar algún día de esos que se ubicaron entre el 29 de enero de 1962 y el día de su muerte por allá por la Quinta Avenida o las cercanas calles de la Secundaria Básica Manuel Bisbé, donde estudiaba, como becario del Primer Plan de Becas Fidel.

Digo esto, porque en Pinar del Río, cuando nací, ya el había dejado la Ciudad, a la cual solo vendría de manera esporádica en los cuatro últimos años de vida en que pudo hacerlo…y por eso habría de ser, ese hipotético encuentro con él, si lo hubiera habido, totalmente intrascendente…él era ya el adulto y yo solo un muchacho…ya él era “El Poeta de la Ciudad”, el más grande de todos los tiempos.

A Baragaño me llevaron tres personas, la primera de todas fue José Alberto Lezcano, cuando en cierta sesión del taller literario del cual fuimos cofundadores, al comentar un poema presentado por Ulises Regueiro donde aquel mencionaba al poeta amigo de su padre, contó que además de conocerlo personalmente lo había leído y le había parecido incluso superior a Padilla, el otro gran poeta pinareño. Hacia poco que yo había conocido personalmente a Heberto Padilla en casa de Belkis Cuza Male, allá en Marianao y había leído con cierta complacencia y admiración su libro “El Justo tiempo humano” así se lo conté a Regueiro, apenas concluido el taller, esa noche me quedé con el nombre de Baragaño subrayado por la opinión autorizada del guía del taller literario y la promesa de conocer al amigo suyo Arturo Regueiro, padre no solo de Ulises sino también de una de mis alumnas del Instituto donde yo impartía clases por entonces. Fue Arturo, (el pintor que hoy nombra la galería de arte municipal), el cual unos meses después de aquel primer contacto con Baragaño, me llevó a su obra y me prestó no sólo el libro “Cambiar la Vida”, sino, un grupo de inéditos del poeta… y la tercera persona que me acerco a la obra del poeta fue quien más cerca suyo estuvo durante los últimos cinco años de vida: Roberto Branly, poeta que además de compartir su generación, compartía el surrealismo y la amistad con Baragaño…en una de mis conversaciones con Branly le hablé de aquellos poemas inéditos que me prestó Arturo y se entusiasmó con la idea de que yo le sirviera de puente para llegar a ellos, pues quería antologar toda la obra de su amigo, fallecido ocho años atrás. Incluso conservo una nota que me hizo llegar con Chericián en 1970.

Pudiera pues escribir por ello acerca de su obra todavía inédita, o la ya publicada y poco conocida; sin embargo,  prefiero destacar las cosas inanimadas que nos quedan en la Ciudad y pudieran ser  testigos mudos de su impronta…y entre ellas, me ha parecido interesante abordar como asunto, los hogares pinareños del poeta, los inmuebles que ocuparon las viviendas que habitó, porque pareciera que Baragaño, el más grande  poeta de la Ciudad, por su constante cambio de domicilio desde su niñez, ratificara en el contexto de sus pocos años de vida, el aserto que lanzara a la posteridad el filósofo Pascal: “Nuestra naturaleza se satisface en el movimiento, porque el absoluto reposo es la muerte”.

En sus únicos treinta años, el poeta habitó en seis hogares y algunas casas de huéspedes, (en La Habana y el exterior estas últimas), en Pinar del Río cuatro de los primeros…

Esta que esbozaremos es en parte “La Historia de Baragaño contada por sus casas”…y por Dolores, su madre de crianza.

Entre el día 29 de octubre de 1932 cuando llega a la vida el niño José Ángel Álvarez Medina y el verano agitado de 1935, la casa habitada por la pareja de recién casados y el vástago que se hará poeta, sería parte del vetusto caserón cuyas columnas aún muestran su hechura correspondiente al siglo XIX, casa que perteneciera primero a Don Ramón Blanco y luego la adquiriría el señor González, maestro muy conocido en la Ciudad, deudo aún de José Peón, quien vendría por sus fueros años después, recibiendo de Don Ángel aquella parte del inmueble que éste había habitado con su familia mediante arrendamiento, por cerca de tres años. Ya por entonces Lola era criada de la señora –“primero solamente cocinera”, me dice, “pero después ama de casa, madre de crianza del vejigo y hasta acompañante del gallego algunas veces”…hará silencio y concluirá mirando el piso de su casa de hoy –la última en que habitó la familia (y Baragaño de manera intermitente, al regresar de cada viaje…”la señora estaba muy enferma”…”Yo no sé cómo volvió a parir”…

Pero eso sería después; antes veamos el inmueble que en el sector arrendado por Ángel Álvarez hoy acoge en su extremo una carnicería y dos viviendas se reparten aún el resto del portal del hogar que conocería en sus primeros tres años el poeta, está en la calle Máximo Gómez, otrora San Rosendo, en su acera norte, entre las calles de Colón y la del Recreo o Isabel Rubio.

Un paréntesis se abriría entre esta primera vivienda y la que ocuparía la familia ya a punto de comenzar el año 1936, -recuerda Zacarías, el chofer de Francisco Canosa-, quien por encargo de su patrón se puso a disposición del otro gallego “que ya se iba conociendo como el gallego de las piedras por ser dueño del Cívico donde estaba el molino” y que explotaba la cantera del trece de La Coloma, “donde Canosa tenía una casita de campo”…y allí los llevó Zacarías en su camión, “con todos sus bártulos”…pero “fue cosa de unos días, quizá unos meses” pues la familia se fue a vivir al barrio del Cangre.

Así el niño que sería poeta, vendría a residir en su segundo hogar, esta vez en la Calle Estela Cruz, calle que iba a la segunda planta de hielo que tendría Pinar del Río, y casa donde nacería poco después su hermana, la niña que iluminaría de tal modo a la familia que el padre mandaría construir en su patio lateral una pequeña capilla con altar, para que el padre Cayetano fuera y la bautizara allí…Argentina poco o nada recordaba de ese hogar cuando de manera epistolar respondió a mis preguntas desde Nueva Jersey, ella remitía sus recuerdos a la tercera casa habitada por la familia –segunda para ella-, allá en el Reparto Carlos Manuel…la maestra América, quien vive aún, como lúcida nonagenaria recuerda que no solo ella sino la vecindad se sobresaltaba en las noches creyendo que Ángel le pegaba a su mujer, la famélica Juana Medina, porque no sabían de su triste mal: “la artritis reumática se la comía”. Esos gritos y ese dolor sembrarían la fértil memoria del poeta cuando comienzará a escribir, pero no parece ser esa segunda morada el sitio en que surgirían sus primeros versos pues lo abandonan poco después de que Cheo cumple apenas once años, a la altura de 1942, cuando aún vivían en esa casa que todavía hoy se puede visitar en la calle Teté Contino y se numera 41ª, nos dejó el lente de un fotógrafo amigo, la imagen del niño junto a su hermana Argentina.

No mucho más nos interesa este segundo hogar de la familia Álvarez Medina el cual queda solamente como un hito apagado en lontananza, en la mente del poeta que nacerá en Baragaño, ya con ese apellido (que solo le pertenecerá judicialmente por cierta artimaña de su padre quien quiso borrar el apellido materno y lo hizo legalizando su inscripción en el Registro Civil, gracias a su amigo el abogado Alberto Barón y gracias a unas pocas monedas de más.

Pasarían a vivir “el gallego de las piedras” y sus dos hijos José Ángel y Argentina, en compañía de la fiel sirvienta y madre de crianza, la carismática Lolita, que después de tantos años ya no tuvo empacho en reconocer su relación extramarital y materna de uno de sus hijos en comunión con el viejo Álvarez, a la casa numerada con el doce en la calle Céspedes del Reparto Carlos Manuel…”El gallego que en paz descanse” porque le testó la casa “que de todos modos la Revolución me daría”-me dice- “porque la niña Argentina se fue para el Norte y se casó por allá, Cheo se murió en el 62 y el viejo un poco antes, cuando fue a visitar a Argentina, porque se sentía mal y se murió en sus brazos…y fue enterrado por allá, en Nueva Yersi”.

En esa tercera vivienda que sirvió de hogar a la familia, casa de la cual saldría el poeta, se conserva aún la celosía de madera entretejida que permitía y permite la entrada de luz sobre la mesa antigua donde debió escribir sus primeros versos el poeta Baragaño, una de las mamparas –la del primer cuarto- y se mantiene en la cocina la misma disposición constructiva de la década del cuarenta, la cual sorprendió a Baragaño escribiendo desde antes de cumplir sus quince años en el otoño de 1945. Allí nacería su hermano de crianza también, de allí partiría su hermana cada mañana hacia el instituto y él hacia el taller de mecánica de Rodolfo Mayor, donde aprendería el oficio de tornero, mientras hacia cursos irregulares que le permitieron asistir más tarde a dudosos estudios de letras en la Capital mientras se iniciaba en la vida bohemia y paraba –para casi no dormir- en una casa de huéspedes de la Calle Reina, donde conocería a Fayad Jamís y a Rolando Escardó entre otros.

Esta tercera vivienda en que habitó el poeta tiene el patio, hoy ralo, donde el arbusto movió sus ramas enredándose con ramas anteriores, que se enlazaron a su vez con los gritos de dolor de su madre ya muerta; y acompañó la esencia de su poesía.

Desde esa vivienda salió Cheo a conquistar y ser conquistado por la gran ciudad que primero fue La Habana y después Roma y más tarde París. A su regreso, traía su primer libro, publicado en francés…Cambiar la Vida; y regresó a dormir en ese hogar en 1951; y regresó, a no dormir en cafés pinareños cercanos a la Terminal de Ómnibus de su padre, sita en la calle Vélez Caviedes de entonces…a veces pasaba la noche en los asientos de uno de los vehículos junto a su cofrade de correrías locales, el francmasón,  rosacruz y anarquista, el pintor maldito y Naif que hoy nombra póstumamente una galería de arte, el entonces empleado de su padre, Arturo Regueiro.

Ese inmueble de la calle Céspedes, acera sur, fue testigo desde su vientre del milagro prometeico, allí nació el poeta.

El cuarto hogar, del cual partió su hermana para casarse en el exterior y su padre tras ella poco después para morir en sus brazos, fue visitado pocas veces por Baragaño, se ubica en la Calle Rafael Morales casi esquina a la antigua Calle Herryman, allí recientemente falleció Dolores, su madre de crianza y allí queda viviendo la familia de esta.

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